Algunos hombres parecen capaces de hacer este tipo de cosas sin deterioro alguno de la calidad y otros con solo un deterioro parcial, pero el camino de la autopublicidad transcurre por una pendiente resbaladiza, y ha llevado a muchos hombres de dones indiscutibles a la vulgaridad absoluta y a la ineficacia de pensamiento y obra. En el mejor de los casos es un asunto vergonzoso, este ruido y ostentación, a pesar de que Scott y Dickens fueran maestros consumados en el arte. Y algunos hombres no pueden hacerlo en absoluto. Además, lo que el hombre de bien puede hacer con esfuerzo, el charlatán enérgico, cuyo único don es la simulación, puede hacerlo infinitamente mejor. Solo en las ramas poco rentables de la obra intelectual los mejores ocupan hoy los mejores puestos sin oposición. En las ramas verdaderamente populares de la obra artística, cada éxito honorable atrae a un enjambre parásito de imitadores como peces alrededor del pan en un estanque. En el mundo del pensamiento, mucho más que en el mundo de la política, el método de las votaciones, el método democrático, ha fracasado; el método que solo le permite a un autor escribir —a menos que su tema sea uno que le permita ocupar una Cátedra Universitaria— a condición de que logre que un editor induzca al público a comprar un número mínimo determinado de ejemplares de cada una de sus obras, un método que no le dará tregua, una vez lanzado de lleno a la «producción», hasta el final, ni libertad para cambiar su estilo o materia, no sea que pierda a esa clientela lucrativa debido a la transición o la pausa.
Ahora bien, antes de poder discutir de qué otro modo podemos lidiar con aquellos que constituyen el pensamiento actual de la comunidad, debemos considerar cómo hemos de distinguir lo que vale la pena sostener de lo que no.