nuestro son los remedios. Pretendemos hacerlo mejor, vivimos para hacerlo mejor, y con apenas una mirada a nuestros fracasos actuales nos pondremos manos a la obra.
Para hacerlo mejor, debemos comenzar con un análisis cuidadoso del proceso de la formación de este hombre, del gran complejo de circunstancias que moldean las vagas posibilidades del niño promedio en la realidad del ciudadano del Estado moderno.
Podemos comenzar con las mayores esperanzas en este complejo extrayendo unos cuantos elementos conspicuos y típicos, y utilizándolos como base para una clasificación exhaustiva. Para empezar, por supuesto, está el hogar. Para nuestros propósitos actuales será conveniente usar «hogar» como una expresión general para ese grupo limitado de seres humanos que comparten la mesa y el alojamiento del creciente ciudadano imperial, y cuyas personalidades están en contacto constante y estrecho con la suya hasta que este alcanza los quince o dieciséis años. De forma típica, las figuras principales de este grupo son la madre, los hermanos y hermanas, y el padre, a los que a menudo se añaden la niñera, la institutriz y otros sirvientes. Más allá de estos están los compañeros de juegos. Más allá de estos figuran los conocidos. Hoy en día, en nuestro mundo, el hogar no tiene límites muy definidos; no tiene unos límites como los que tiene, por ejemplo, en el veldt. En el caso de un número creciente de niños de la clase media-alta inglesa, además, y de los niños de un elemento en aumento en la vida del este de Estados Unidos, las funciones del hogar se delegan en gran medida en la escuela preparatoria. Es una distinción que es necesario recalcar: que muchas llamadas escuelas son en realidad hogares, a menudo hogares muy excelentes, con los cuales se unen escuelas, a menudo escuelas muy ineficientes. Todo esto debemos agruparlo —está, de hecho, casi