ninguna de cuyas disposiciones, muy posiblemente, sea hermosa en absoluto cuando se la toma por separado. A este respecto, en cualquier caso, el valor personal y el valor reproductivo pueden ser dos cosas enteramente distintas.
Ahora bien, cuáles sean en realidad los elementos del aspecto personal, cuáles puedan ser esos elementos a, b, c, d, e, f, etc., no lo sabemos con ninguna clase de exactitud.
Posiblemente la estatura, el peso, la presencia de pigmento oscuro en el cabello, la blancura de la piel, la presencia de vello en el cuerpo, sean elementos simples en la herencia que seguirán el tratamiento aritmético de la herencia de Galton con cierta exactitud.
Pero ni siquiera estamos seguros de eso. La estatura de una persona en particular puede deberse a una longitud excepcional de pierna y cuello, la de otra a una longitud anormal de los cuerpos vertebrales de la columna vertebral; la primera puede tener una columna vertebral algo menor de lo ordinario, la segunda un tipo de extremidad atrofiada, y un matrimonio entre ambos puede concebiblemente igual (hasta donde alcanza nuestro conocimiento actual) dar la columna vertebral del primero y las piernas del segundo como puede dar una persona muy alta.
El hecho es que en este asunto de la belleza y de la selección en pro de la belleza andamos a tientas en un rincón donde la ciencia aún no se ha establecido. Sin duda el rincón está delimitado como parte de la «esfera de influencia» de la antropología, pero no hay el menor indicio de una ocupación efectiva entre estas consideraciones furtivas y estos hechos inciertos. Hasta que la antropología produzca a sus Daltons y sus Davys, debemos tantear en este rincón, tal como los viejos alquimistas tantearon durante siglos antes del amanecer de la química.