regulados que se elimina la imaginación; tienen ejercicios de diversa índole estereotipada. Se les lleva de un lado a otro para realizar estas actividades bajo la tutela de personas a las que uno calificaría sin vacilar de celadores, de no ser porque también pretenden enseñar. El resto de su tiempo de vigilia consiste en la preparación de deberes, lecturas supervisadas o paseos bajo vigilancia. Sus amistades son vigiladas. Nunca, jamás se les deja solos. El ideal declarado de muchos directores de internados es «mandarlos a la cama agotados». En gran parte, esto se debe a un temor natural a los accidentes y líos que puedan traer problemas a la escuela, pero también hay otra causa. Si se me permite hablar con franqueza y enteramente como un observador sin autoridad, diría que es lamentable que una proporción tan elevada de profesores y profesoras de enseñanza secundaria británicos sean solteros. La condición normal de un adulto sano es el matrimonio, y para todos aquellos que no presentan deficiencias en este aspecto (lo que implica una incapacidad para comprender muchas cosas), el celibato constituye un estado de equilibrio inestable y, con demasiada frecuencia, una condición bastante poco saludable. Allá donde hay maestros célibes, tiendo a sospechar de un nerviosismo, una vigilancia desmedida, una disposición al fisgoneo, una exageración de los llamados «peligros» y una dolorosa idealización de la «pureza». Forma parte del desarrollo normal del ser humano observar con cierta atención particular ciertos fenómenos, albergar ciertas curiosidades, hablar de ellas con iguales de confianza —nunca, obsérvese bien, salvo por perversión, con los padres o los profesores—, y no hay el menor daño en estas cosas tan naturales, a menos que sean forzadas de nuevo hacia una soledad abochornada o asociadas por sugerencia a conceptos de vergüenza y repulsión. Eso es lo que ocurre hoy en día en demasiadas de nuestras escuelas
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VI. ESCOLARIZACIÓN
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