que se necesita para hacer esta clase de cosas con abundancia y libertad es cierto grado de egotismo agresivo, cierto don para la estupidez, buenas intenciones y un sentido defectuoso de las posibilidades y limitaciones educativas.
Además de las discusiones morales, que en el mejor de los casos son elocuencia de segunda categoría, y en el peor, una charlatanería destructora del respeto y de la mente, existen varias formas de enseñanza «ética», defendidas y practicadas en América y en las escuelas elementales de este país. Por ejemplo, se cuenta a los niños una historia de tipo edificante y se suscitan comentarios sobre el comportamiento de los personajes. > «¿Habrías hecho eso tú?» > «¡Oh, no, maestra!» > «¿Por qué no?» > «Porque sería mezquino.» La maestra entra en detalles, matizando el veredicto, y al fin destaca la aguda moraleja de la lección. Ahora bien, puede ser indiscutible que tales lecciones se lleven a cabo con eficacia y éxito por maestros excepcionalmente brillantes, que a los niños se les pueda dotar de un código excelente de buenas intenciones y de una habilidad maravillosa en la búsqueda de motivos buenos o malos para cualquier curso de acción que deseen o no emprender; pero que puedan ser formados sistemáticamente por el maestro promedio de que disponemos en esta «materia» tan deseable es otra cuestión muy distinta. Es una de las cosas de las que el reformador educativo debe precaverse más seriamente: la persuasión de que lo que un hombre excepcional puede hacer una y otra vez con fines de exhibición puede hacerse con éxito día tras día en las escuelas. Esto se aplica a muchas otras cosas además de a la enseñanza de la ética. * El profesor Armstrong puede impartir lecciones de química deliciosamente instructivas según el