Niños y niñas de doce o trece años, que no pueden entender, y nunca entenderán nada que no sea el inglés más vulgar, y que jamás en sus vidas lograrán escribir una carta debidamente puntuada, aprenden misterios tales como que hay ocho —creo que son ocho— clases de nominativo, y que hay (o no hay) un gerundivo en inglés, y se les entrena mes tras mes y año tras año para realizar las operaciones más extrañas, un análisis no analítico y un ritual llamado análisis gramatical (parsing) que hay que ver para creer. No sirve de nada andarse con rodeos sobre todo este tipo de cosas. A estos recursos recurren los profesores de escuela del presente de la misma manera que las Reglas de Compañía Doble y Simple y la Regla de Tres Compuesta, y toda la demás solemnidad disparatada, eran «enseñadas» por los profesores de aritmética en las academias del siglo XVIII, porque son absolutamente ignorantes, y saben que son absolutamente ignorantes, de la realidad de la materia, y porque, por lo tanto, tienen que engañar a los padres y hacer tiempo mediante invenciones irreales. El caso no es ni un ápice mejor en las escuelas de grado superior. No practican tanto la enseñanza falsa del inglés, pero no hacen absolutamente nada en su lugar.
Ahora sirve de bien poco azuzar a los miembros de una profesión mal entrenada, maltratada, mal organizada, poco respetada y muy vituperada [Footnote: Peccavi.] con reproches por hacer lo que no pueden hacer, o clamar por una legislación que otorgue más tiempo escolar o mayores subsidios a la pretensión de enseñar lo que muy pocas personas son capaces de enseñar. Todos sabemos cuán atroces son la enseñanza del inglés y sus resultados, pero proclamar eso no arreglará las cosas ni un ápice; solo las empeorará al volver a los maestros y maestras desvergonzados y perezosos, a menos que también mostremos cuán bien puede enseñarse el inglés. El curso sensato es comenzar por establecer el modo adecuado de hacer las cosas, desarrollar un método apropiado y demostrar