del entrenamiento en el lenguaje y la expresión, tarde en el esquema educativo, y su objetivo —su pretensión, fuera cual fuese su efecto final— era fortalecer y ensanchar la mente mediante un tipo de conocimiento noble y espacioso. Pero la ciencia de la escuela moderna pretende meramente ser una enseñanza de conocimiento útil; las perspectivas, las tremenedas implicaciones de la ciencia moderna se ignoran concienzudamente y, en la práctica, no pasa a menudo de ser una desviación de las energías escolares hacia la adquisición de afirmaciones erróneas e imperfectamente analizadas sobre entrañas, elementos y electricidad, con miras —unas miras bastante injustificables— a una aplicación higiénica y comercial inmediatamente lucrativa. Si la enseñanza escolar de la ciencia tiene algún valor educativo es algo que podremos debatir más adelante. Por el momento podemos señalarla simplemente como un elemento revivido y en desarrollo.
Por otra parte, mientras estas cosas se expanden en la escuela moderna, hay elementos en declive que antaño, en los planes más antiguos de la labor escolar, eran mucho más evidentes. En la cultura del caballero medieval, por ejemplo, y de la damisela del siglo XVIII, las artes refinadas —enseñadas de forma inconexa respecto al plan educativo general y por el mero hecho de serlo— desempeñaban un papel importante. A la damisela del siglo XVIII se le enseñaba a bailar, urbanidad, varios instrumentos musicales, a fingir que dibujaba, a fingir que sabía italiano, y así sucesivamente. El baile aún sobrevive —una mitigación pintoresca de las austeridades de la escuela secundaria—, y también existe una interrupción considerable del trabajo escolar perpetrada por el profesor de música. Si hay algo de lo que podría decir con certeza que no pinta absolutamente nada en las escuelas, es la enseñanza del piano. La