mucho más definido, a una familia organizada de algún tipo, aunque sea solo la comunidad estatal de Platón o algo según el modelo de Oneida, pero al menos con un sistema de garantías y responsabilidades. Añadamos que queremos que los niños pasen por un proceso educativo serio, y encontramos de inmediato la llegada de aún más limitaciones. Descubrimos la necesidad de aplazar la experiencia, de retrasar la adolescencia, de evitar la estimulación precoz con su consecuente detención del crecimiento. Ya estamos cara a cara con un caso ampliado en favor deldecoro, de un sistema de supresiones y de tabúes complicados.
Directamente, en cuanto dejamos que nuestros pensamientos abandonen este plano físico y asciendan lo bastante como para considerar las emociones concomitantes —y supongo que para un gran número de personas estas son al menos tan importantes como los aspectos físicos—, llegamos al orgullo, llegamos a la preferencia y a los celos, y tan pronto como aplicamos esto a nuestro sistema físico, comienzan los pliegues y las fisuras. Las complicaciones se han multiplicado enormemente. Más especialmente ese pequeño problema de las preferencias. Estas emociones podemos educarlas, en efecto, pero no del todo. Ni el orgullo ni la preferencia ni los celos deben manipularse a la ligera. Estamos creando hombres, no planeando una sociedad de esclavos regulados; queremos personalidades firmes y erguidas, y no las conseguiremos si las doblegamos a la obediencia en este aspecto particular, pues la expresión cardinal de la libertad en la vida humana es sin duda esta elección de pareja. No hay libertad alguna sin esta libertad. Nuestros hombres y mujeres del futuro deben sentirse libres y responsables. Parece casi instintivo, al menos en la juventud de las razas blancas, ejercer este poder de elección, no simplemente rebelándose