libro promedio no sea más copioso, crudo y precipitado de lo que es, y cuánta labor de índole comprensiva y unificadora está en marcha incluso ahora. Hay demasiados libros para leer. Sería mejor para el público, mejor para nuestra literatura, mucho mejor en general, si se levantara esta obligación de escribir perpetuamente. Pocos escritores habrá que no hayan sentido a veces el deseo de detenerse y pensar, de cultivar algún rincón olvidado de su mente, de admitir que el trabajo de un año es fútil y arrojarlo al fuego, o simplemente de yacer en barbecho, de acampar y dar descanso a los caballos. Paguemos, por tanto, a nuestros autores tanto por no escribir como si escribiesen; en lugar de esos veinte o treinta volúmenes, que es, supongo, la producción promedio, exijamos un libro más o menos digno de tenerse. Lo que significa, de hecho, que debemos encontrar algún modo de otorgarle a un autor, una vez que ha demostrado su calidad, un ingreso fijo totalmente independiente de lo que haga. Podríamos, tal vez, exigir pruebas de que estaba haciendo algún trabajo de vez en cuando, podríamos prohibir ocupaciones ajenas, pero por mi parte ni siquiera creo que eso sea necesario. La mayoría de los autores así sustentados escribirán, y todos habrán escrito. Estamos presuponiendo, cabe recordarlo, el estímulo de los honores y la crítica, y de más honores y más emolumentos.
Finalmente, al idear planes para la dotación de la actividad mental original, no debemos ignorar la posibilidad de una perversión que ya ha desempeñado su papel en las historias de la pintura y la música, y que es el financiamiento especulativo de candidatos prometedores para dichas dotaciones. Si vamos a hacer que la investigación, la crítica y la creación "valgan la pena", debemos asegurarnos de que en realidad no estamos haciendo simplemente que valga la pena para los Solomons y los Moses