consecuencias transmitida tal vez de mejor manera por aquella hermosa frase indefinida: “Un caos moral”. Toda esa gente que aboga por el debate libre, franco y abierto da por tantas cosas por sentadas; o bien planean una farsa con conclusiones predeterminadas, o no han tenido en cuenta toda suerte de aspectos inherentes a la necedad natural del hombre contemporáneo.
Por lo general, creo que un hombre o una mujer que ya no es un tejido de pura emoción puede, si de veras le asiste la pasión por la verdad y la visión clara de las cosas que justifiquen la investigación, aventurarse en este desierto de la especulación de aspecto siniestro; y creo también que es muy probable que el explorador valiente y persistente acabe por fin no muy lejos del punto de partida, sino por encima de él, por decirlo así, en una cresta que ofrecerá una vista más amplia, que abarcará muchas cosas que ahora confinan la visión inferior. Pero son estos caminos peligrosos, debe recordarse siempre. Esto no es un parque de recreo público. Uno puede desconfiar del código convencional, y puede abandonarlo en el pensamiento, mucho antes de estar justificado para abandonarlo ya sea en la opinión expresada o en el acto. Somos animales sociales; no podemos vivir solos; manifiestamente por la naturaleza de la cuestión, aquí, al menos, debemos asociarnos y agruparnos. Para todos los que hallan que la rectitud aceptada no es lo bastante buena ni lo bastante clara para ellos, existe la posibilidad de un destino irónico. Debemos cuidar bien de nuestra compañía, al salir de la ciudad de la práctica común y sacudir su polvo de nuestras superiores suelas. Hay una chusma abominable que se ha adentrado en esos matorrales con propósitos muy distintos al descubrimiento de lo que es correcto hacer, por motivos muy distintos a nuestro elevado deseo intelectual. Hay rebeldes feos y granujas natos, tramposos por instinto y mentirosos con las mujeres, incrédulos porcinos que nos comprometerían con su