Sin embargo, la mortalidad de los primogénitos debería indicar que una mujer moderna no lleva consigo en el cerebro ningún sistema instintivo de crianza, incluso si su antepasada salvaje poseyera algo por el estilo; y tanto la tasa de natalidad como la de mortalidad infantil de los nobles salvajes que nuestra civilización tiene alguna oportunidad de observar sugieren una cierta negligencia generosa, una cierta indiferencia amplia hacia la miseria individual, más que una precisión fidedigna de guía individual sobre los métodos de la Naturaleza.
Este tópico sobre la confiabilidad de la Naturaleza es en parte una supervivencia de los tiempos de Rousseau y Sturm (el de las Reflexiones), cuando los hombres caseros, ortodoxos y heterodoxos por igual, con pelucas artificiales, declamaban al unísono a este respecto; en parte es la táctica medio instintiva de los espíritus negligentes y perezosos para eludir los problemas y las austeridades. El médico incompetente, incapaz de aplicar un régimen, repite este tópico incluso hoy en día, aunque sabe muy bien que, librados a la Naturaleza, los hombres comen en exceso casi tan fácilmente como los perros, contraen mil enfermedades y agotan sus últimas fuerzas a los cincuenta años, y que la mitad de las mujeres blancas del mundo morirían con sus primeros hijos aún por nacer. Sabe también que a los detalles de medidas preventivas como la vacunación, por ejemplo, el instinto se opone firmemente, y que el drenaje, la filtración y el uso del jabón para el lavado son cosas manifiestamente antinaturales. Ese Hombre Natural grande, desnudo, virtuoso, rosado, que bebe agua pura de manantial, come los frutos de la tierra y llega a los noventa años al aire libre es una fantasía; nunca ha sido ni será. El verdadero salvaje es un nido de parásitos por dentro y por fuera; hiede, se pudre, se muere de hambre. Los cuarenta años son una gran edad para él. Está tan lleno de artificios como su hermano civilizado, solo que no es tan sabio. En