Me atrevo a sostener que en la actualidad, con respecto a cosas tales como la iglesia y el reino, la constitución y la nacionalidad, estamos demasiado esclavizados por la idea de «política», y demasiado ciegos ante las consecuencias más remotas, profundas y duraderas de nuestros actos e instituciones públicas al moldear a la próxima generación. No creo que esté de más ir más allá de la política por un espacio, e insistir —incluso con pesadez— en que, por muy conveniente que sea una institución, por mucho que pueda ser, según la jerga de la época, un «crecimiento natural», y por mucho que sea el «producto de una larga evolución», aun así, si no moldea a los hombres en formas nobles y vigorosas, tiene que ser destruida. «Salvamos el estado» en aras de nuestros hijos; al menos esa es la perspectiva del Nuevo Republicanismo sobre el asunto, y si en nuestro empeño por salvar el estado perjudicamos o sacrificamos a nuestros hijos, destruimos nuestro fin último en favor de nuestro fin inmediato.
Ya se ha señalado, con ciertos ejemplos concretos, cómo lo que es se impone sobre lo que ha de ser; ya se ha indicado de forma general la tendencia del argumento que ahora vamos a desarrollar y definir. Ese argumento, brevemente, es este: que para alcanzar los fines de la Nueva República, es decir, los mejores resultados posibles a partir de nuestro nacimiento, debemos hacer continuamente que las formas políticas, las fórmulas sociales, políticas y religiosas, y todas las reglas y normativas de la vida sean la expresión más clara, simple y sincera posible de lo que creemos acerca de la vida y esperamos de la vida; que cualquier ventaja momentánea que una generación pueda obtener al aceptar lo que se sabe que es una farsa y una convención, al mantener en uso la impostura descubierta y el aparato defectuoso, probablemente se vea compensada con creces por la reacción de esta aquiescencia sobre el futuro.