humana mediante un emparejamiento prudente y comedido, pero cuáles sean estas y cuáles las condiciones específicas para su control, lo ignoramos.
Y además, apenas estamos más seguros de que la condición de «salud perfecta» en un ser humano sea la misma que la condición con el mismo nombre en otro, de lo que estamos de que la belleza de un tipo esté compuesta por los mismos elementos esenciales que la belleza de otro.
La salud es un equilibrio, un equilibrio de la sangre frente al nervio, de la digestión frente a la secreción, del corazón frente al cerebro.
Un corazón de salud y vigor perfectos puesto en el cuerpo de un hombre perfectamente sano que esté construido sobre una escala más ligera que la de ese corazón, desorganizará rápidamente todo el tejido y se abrirá paso hasta una hemorragia, tal vez en el pulmón, o en el cerebro, o donde el más leve debilitamiento relativo lo permita.
La salud «perfecta» de un negro puede ser un sistema de reacciones bastante disímil de la «salud perfecta» de un blanco vigoroso; solo puedes combinarlos para crear una masa enfermiza de discordias fisiológicas.
La «salud», exactamente igual que estas otras cosas, es, para este propósito de los diplomas matrimoniales y similares, una cualidad sintética, vaga e inútil. A cada uno de nosostros nos sirve para nuestras necesidades privadas y conversacionales, pero en esta cuestión no es lo suficientemente dura y tajante para lo que queremos que haga. Al servicio de este asunto sutil y complicado, fracasa por completo.
No sabemos lo suficiente. No hemos analizado lo bastante ni hemos profundizado lo suficiente. Todavía no hay ninguna ciencia digna de ese nombre en ninguna de estas cosas.