Por un lado, uno encontrará la vieja tradición aristocrática británica en un estado instructivamente distorsionada. Persisten todas las presunciones de una señoría esencial, y ninguno de los deberes. Todo el orgullo sigue ahí, pero es mezquino, querulante y carente de dignidad. Esa señoría es tan amplia que, incluso para una familia pequeña, los ingresos que he mencionado no serán más que una pobreza mordaz; habrá una cualidad generalizada de lucha en este hogar para evitar el trabajo, para urdir arreglos, para descubrir sirvientes baratos y leales del viejo tipo, para descubrir inversiones al seis por ciento sin riesgo, para interesar a influyentes conocidos en las perspectivas de los niños. La tradición de la clase dirigente, que ve en el servicio público un sistema de pensiones para los parientes pobres, brillará con todos los colores de la esperanza. Se harán grandes sacrificios para llevar a los muchachos a escuelas públicas (public schools), donde puedan revivir y expandir las conexiones familiares. Esperarán como algo natural puestos y nombramientos —por cuya falta hombres de talento y capacidad de otros estratos sociales se devanarán el corazón—, y llenarán estos codiciados lugares con una incapacidad lánguida y descontenta. Se experimentará una gran dificultad para encontrar escuelas para las niñas de las que estén excluidos los hijos de los tenderos. Hay que adelantarse celosamente a la vulgaridad. En una época en que la Elegancia (a diferencia de la Vulgaridad) se está convirtiendo en un ideal, esto exige a veces una discriminación sumamente sutil. El arte del crédito se desarrollará a un alto nivel.
Ahora bien, en la otra familia económicamente indistinguible de esta, una familia con siete u ocho cientos al año de inversiones, que proviene de la clase media, la tradición es tal que, a pesar de la irresponsabilidad esencial de su posición económica, impulsará a esta familia hacia el esfuerzo como un deber.