—Ciertamente, no sabía que fuera así —dijo K.—; no podía conocer todas estas peculiaridades, pero tampoco confiaba mucho en esas conversaciones telefónicas y siempre tuve presente que las únicas cosas de verdadera importancia eran las que sucedían en el propio Castillo.
—No —dijo el Superintendente, aferrándose firmemente a la palabra—, estas respuestas telefónicas ciertamente tienen un sentido, ¿por qué no habrían de tenerlo? ¿Cómo podría no ser importante un mensaje dado por un funcionario del Castillo? Como ya señalé antes a propósito de la carta de Klamm. Todas estas expresiones carecen de significado oficial; cuando se les atribuye un significado oficial, uno se extravía. Por otra parte, su significado privado, en un sentido amistoso u hostil, es muy grande, por lo general mayor de lo que una comunicación oficial podría tener jamás.
—Bueno —dijo K.—. Dado que todo esto es así, debería tener muchos y buenos amigos en el Castillo: bien mirado, la repentina inspiración de aquel departamento hace todos estos años —al decir que debía pedirse que viniera un Agrimensor— fue un acto de amistad hacia mí mismo; pero luego, en el desenlace, un acto fue seguido por otro, hasta que al final, en un mal día, se me atrajo aquí y luego se me amenazó con ser arrojado de nuevo fuera.
—Hay una cierta dosis de verdad en su forma de ver el asunto —dijo el Superintendente—; tiene usted razón al pensar que los pronunciamientos del Castillo no deben tomarse al pie de la letra. Pero la precaución es siempre necesaria, no solo aquí, y tanto más necesaria cuanto más importante sea el pronunciamiento en cuestión. Sin embargo, cuando pasó a hablar de que lo habían atraído con engaños, dejé de comprenderle. Si hubiera seguido mi explicación con más atención, habría tenido que ver que la cuestión de que le hayan convocado aquí es demasiado difícil como para resolverla aquí y ahora en el transcurso de una breve conversación.