—Frieda era muy feliz aquí —dijo K., para hacerle notar definitivamente la diferencia entre Frieda y ella misma, la cual parecía no apreciar.
—No le creas —dijo Pepi—. Frieda sabe poner cara seria mejor que los demás. No reconoce lo que no quiere reconocer, y así nadie se dio cuenta de que tuviera nada que reconocer. Llevo sirviendo aquí con ella ya varios años. Hemos dormido juntas todo ese tiempo en la misma cama, y sin embargo no soy íntima suya, y a estas alturas estoy completamente fuera de sus pensamientos, eso es seguro. Quizás su única amiga sea la vieja patrona de la Posada del Puente, y eso también dice mucho.
—Frieda es mi prometida —dijo K., buscando al mismo tiempo la mirilla en la puerta.
—Ya lo sé —dijo Pepi—, esa es la razón exacta por la que te lo he contado. Si no, no tendría ningún interés para ti.
—Comprendo —dijo K.—. ¿Quiere decir que debería estar orgulloso de haber conquistado a una muchacha tan reservada?
—Eso es —dijo ella, riendo triunfante, como si hubiera establecido un entendimiento secreto con K. respecto a Frieda.
Pero no fueron sus palabras exactas las que turbaron a K. y lo apartaron por un momento de su búsqueda, sino más bien su aspecto y su presencia en este lugar. Ciertamente era mucho más joven que Frieda, casi una niña todavía, y sus ropas eran ridículas; era evidente que se había vestido de acuerdo con las ideas exageradas que tenía sobre la importancia del puesto de camarera. Y estas ideas, a su manera, eran justas en ella, pues este cargo para el que todavía era incapaz le había llegado sin merecerlo y de forma inesperada, y solo por un tiempo; ni siquiera el bolso de cuero que Frieda llevaba