¡Vaya, ahora te has vuelto a enfadar! No, no te vayas todavía, escucha este último ruego: Estés donde estés, no olvides nunca que eres la persona más ignorante del pueblo, y ten cuidado; aquí en esta casa, donde la presencia de Frieda te protege de cualquier daño, puedes decir tonterías a más no poder, por ejemplo, aquí puedes explicarnos cómo piensas conseguir una entrevista con Klamm, pero te lo suplico, te lo suplico, no lo intentes de verdad.
Se puso en pie, tambaleándose un poco por la agitación, se acercó a K., le tomó la mano y lo miró con súplica.
—Señora —dijo K.—, no entiendo por qué ha de rebajarse a suplicarme algo así. Si, como dice, me es imposible hablar con K., de todos modos no lo conseguiré, se me suplique o no. Pero si resulta ser posible, ¿por qué no habría de hacerlo, sobre todo porque eso eliminaría su objeción principal y haría cuestionables sus otras premisas? Por supuesto que soy un ignorante, eso es una verdad inquebrantable y una verdad triste para mí, pero me otorga toda la ventaja de la ignorancia, que es una mayor audacia, y por eso estoy dispuesto a cargar con mi ignorancia, con consecuencias perjudiciales y todo, por algún tiempo más, mientras me duren las fuerzas. Pero estas consecuencias en realidad no afectan a nadie más que a mí, y por eso sencillamente no puedo entender sus ruegos. Estoy seguro de que usted siempre cuidaría de Frieda, y si yo llegara a desaparecer del horizonte de Frieda, usted no podría considerarlo sino una buena suerte. ¿A qué teme entonces? Seguro que no teme —un ignorante lo cree todo posible— —aquí K. abrió la puerta de par en par—, ¿seguro que no teme por Klamm?
La dueña de la pensión lo contempló en silencio mientras él bajaba corriendo la escalera con los ayudantes siguiéndole los pasos.