que Hans, pero el hecho es que él solo es dos o tres años menor que yo y tampoco envejecerá nunca, porque con su trabajo —fumar en pipa, escuchar a los clientes, volver a vaciar la pipa e ir a buscar de vez en cuando una jarra de cerveza— con ese tipo de trabajo uno no
—Lo que has hecho ha sido espléndido —dijo K.—. No lo dudo ni un momento, pero hablábamos del tiempo anterior a tu matrimonio, y debió de ser algo extraordinario en aquella etapa que la familia de Hans insistiera en el matrimonio —a cambio de un sacrificio económico, o al menos con un riesgo tan grande como debió de ser la entrega de la taberna— y sin confiar en otra cosa que en tu capacidad de trabajo, que además nadie conocía entonces, y la capacidad de trabajo de Hans, que todo el mundo debía de saber de antemano que era nula.
—Bueno, en fin —dijo la dueña de la pensión con cansancio—, sé a dónde quieres llegar y lo equivocado que estás. Klamm no tuvo absolutamente nada que ver con el asunto. ¿Por qué iba a interesarse por mí o, mejor dicho, cómo habría podido interesarse por mí en cualquier caso? A estas alturas ya no sabía nada de mí. El hecho de que hubiera dejado de llamarme era señal de que me había olvidado. Cuando él deja de llamar a la gente, se olvida de ellos por completo. No quería hablar de esto delante de Frieda. Y no se trata de un mero olvido, es algo más que eso. Pues cualquiera a quien uno haya olvidado puede volver a la memoria, por supuesto. Con Klamm eso es imposible. De cualquiera a quien deja de llamar se olvida por completo, no solo en lo que respecta al pasado, sino, literalmente, también para el futuro. Si hago un gran esfuerzo, por supuesto puedo meterme en tus ideas, tal vez válidas en el país tan diferente de donde vienes. Pero raya en la locura imaginar que Klamm pudo haberme dado a Hans por esposo