Ante el oscuro Herrenhof estaba de pie un pequeño grupo de hombres; dos o tres llevaban linternas, de modo que aquí y allá se alcanzaba a distinguir un rostro.
K. sólo reconoció a un conocido, el carretero Gerstäcker. Éste lo saludó preguntando:
«¿Aún sigues en la aldea?».
—Sí —respondió K.—. He venido para quedarme.
—Eso me da igual —dijo Gerstäcker, soltando un acceso de tos y volviéndose hacia los demás.
Resultó que todos estaban esperando a Erlanger. Erlanger ya había llegado, pero antes estaba consultando con Momus antes de admitir a sus clientes. Todos se quejaban de que no les permitieran esperar adentro y de tener que estar allí de pie en la nieve. El tiempo no hacía mucho frío, pero aun así demostraba una falta de consideración tenerlos allí de pie frente a la casa en la oscuridad, tal vez durante horas. Ciertamente no era culpa de Erlanger, que siempre era muy complaciente, no sabía nada al respecto y sin duda se molestaría mucho si se le informaba. Era culpa de la dueña de la posada del Herrenhof, quien en su empeño decididamente enfermizo por ser refinada, no toleraba que un montón de gente entrara al Herrenhof al mismo tiempo. «Si de verdad tiene que ser y tienen que venir —solía decir—, entonces, en nombre del cielo, que vengan de uno en uno». Y se había apañado para que los clientes, que al principio habían esperado simplemente en un pasillo, más tarde en las escaleras, luego en el vestíbulo y finalmente en la taberna, terminaran siendo echados a la calle. Pero ni siquiera eso la había satisfecho. Para ella era