interrogaran, pero solo entonces, revelaría el hecho de que el propio cochero al menos le había pedido que abriera la puerta del trineo. Pero la verdadera calamidad era que el caballero lo hubiera sorprendido, que no le hubiera quedado tiempo suficiente para esconderse de él para luego esperar en paz a Klamm, o más bien que no había tenido la presencia de ánimo suficiente para permanecer en el trineo, cerrar la puerta y esperar allí entre las mantas a Klamm, o al menos quedarse allí mientras este hombre anduviera por los alrededores. Es verdad que, por supuesto, no podía saber si no sería el propio Klamm quien venía, en cuyo caso habría sido naturalmente mucho mejor abordarlo fuera del trineo. Sí, había habido muchas cosas en qué pensar aquí, pero ahora ya no quedaba ninguna, pues este era el final.
—Acompáñeme —dijo el caballero, no verdaderamente como una orden, pues la orden no residía en las palabras, sino en un ligero y estudiadamente indiferente gesto de la mano que las acompañaba. —Estoy esperando aquí a alguien —dijo K., ya no con la esperanza de ningún éxito, sino simplemente por principio. —Venga —dijo el caballero una vez más con total imperturbabilidad, como si quisiera demostrar que nunca había dudado de que K. estuviera esperando a alguien. —Pero entonces me perdería a la persona que espero —dijo K. con un enfático asentimiento de cabeza. A pesar de todo lo que había ocurrido, tenía la sensación de que lo que había conseguido hasta ese momento era algo ganado, que era verdad que ahora solo conservaba en apariencia, pero que, sin embargo, no debía abandonar meramente a causa de una orden cortés. —Lo va a perder de todos modos, tanto si va como si se queda —dijo el caballero, expresándose sin rodeos, pero mostrando una consideración