Por fin, ya entrada la tarde, cuando ya estaba oscuro, K. había despejado el sendero del jardín, amontonado la nieve a ambos lados, la había apisonado bien y con ello había dado por concluido su trabajo del día. Estaba de pie junto a la puerta del jardín, en medio de una amplia soledad. Había despedido al ayudante restante horas antes y lo había perseguido un buen trecho, pero el tipo se había apañado para esconderse en alguna parte entre el jardín y la escuela y no había manera de encontrarlo, ni se había vuelto a dejar ver desde entonces. Frieda estaba dentro, o bien empezando a lavar la ropa o todavía lavando el gato de Gisa; era una muestra de gran confianza por parte de Gisa que se le hubiera encomendado esta tarea a Frieda, una labor desagradable e innecesaria, la verdad, que K. no le habría permitido intentar de no haber sido conveniente, dadas sus diversas carencias, aprovechar cualquier oportunidad para granjearse la buena voluntad de Gisa. Gisa había observado con aprobación mientras K. bajaba del desván la bañerita de los niños, calentaba agua y, por último, ayudaba a meter con cuidado al gato en la bañera. Luego, efectivamente, dejó al gato enteramente al cuidado de Frieda, pues Schwarzer, el conocido de K. de la primera noche, había llegado, había saludado a K. con una mezcla de incomodidad (surgida de los acontecimientos de aquella noche) y de un desprecio absoluto, de esos que se le profesan a un deudor, y había desaparecido con Gisa en la otra aula. Los dos seguían allí. Schwarzer, según le habían contado a K. en la Posada del Puente, llevaba un tiempo viviendo en el pueblo, a pesar de ser hijo de un castellano, debido a su amor por Gisa, y gracias a sus influyentes contactos había logrado que lo nombraran maestro ayudante, un puesto que
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