En el bar, que era una gran sala con un espacio vacío en medio, había varios campesinos sentados junto a la pared sobre unas cubas, pero tenían un aspecto distinto al de los de la posada de K. Vestían con mayor pulcritud y uniformidad un paño basto de color gris amarillento, con chaquetas amplias y pantalones ajustados. Eran hombres pequeños, que a primera vista guardaban un fuerte parecido mutuo, con rostros planos y huesudos, pero de mejillas redondeadas.
Todos estaban callados y permanecían sentados casi sin moverse, a excepción de que seguían con la mirada a los recién llegados, aunque incluso esto lo hacían de manera lenta e indiferente. Sin embargo, debido a su número y a su silencio, causaban cierta impresión en K. Volvió a tomar a Olga del brazo, como para justificar su presencia allí.
Un hombre se levantó de un rincón, un conocido de Olga, y se dirigió hacia ella, pero K. la hizo girar del brazo en otra dirección. Su acción no fue percibida por nadie salvo por Olga, quien la toleró con una sonrisa de soslayo.
La cerveza era servida por una muchacha joven llamada Frieda. Una muchachita discreta, de cabello rubio, ojos tristes y mejillas hundidas, pero con una llamativa expresión de consciente superioridad. Tan pronto como su mirada se cruzó con la de K., le pareció a este que aquella mirada decidía algo respecto a él, algo cuya existencia él ignoraba, pero que la mirada de ella le aseguraba que existía. Siguió estudiándola de perfil, incluso mientras ella hablaba con Olga. Olga y Frieda al parecer no eran íntimas, solo intercambiaron unas pocas palabras frías. K. quería oír más, así que intervino con una pregunta por su propia cuenta: