casi increíble, casi aterrador. ¡Piénsalo bien, asignado directamente a Klamm, hablando con él cara a cara! Pero ¿es realmente así? Bueno, supongamos que es así, entonces ¿por qué duda Barnabas de que el funcionario al que llaman Klamm sea realmente Klamm?” —Olga —dijo K.—, seguro que estás bromeando; ¿cómo puede haber alguna duda sobre el aspecto de Klamm?, todo el mundo sabe qué aspecto tiene, incluso yo lo he visto. —Claro que no, K. —dijo Olga—. No estoy bromeando en absoluto, hablo con una seriedad desesperada. Pero no te cuento todo esto simplemente para desahogarme y cargarte a ti, sino porque Amalia me encargó que te lo dijera, ya que estabas preguntando por Barnabas, y porque también creo que te sería útil saber más al respecto. Lo hago también por el bien de Barnabas, para que no deposites demasiadas esperanzas en él, y sufras una decepción, y lo hagas sufrir a él también a causa de tu decepción. Es muy sensible; por ejemplo, no durmió en toda la noche porque ayer por la tarde estabas disgustado con él. Entendió que dijiste que era un mal presagio para ti tener un mensajero como él. Esas palabras no lo dejaron dormir. Supongo que no te diste cuenta de lo alterado que estaba, pues los mensajeros del Castillo deben saber controlarse muy bien. Pero no lo tiene fácil, ni siquiera contigo, aunque desde tu punto de vista no le exiges demasiado, pues tienes tu propia idea preconcebida de los poderes de un mensajero y formulas tus demandas en consecuencia. Pero en el Castillo tienen una concepción diferente de los deberes de un mensajero, la cual no podría conciliarse con la tuya, ni aunque Barnabas se dedicara por entero a la tarea, a lo que, por desgracia, a menudo parece inclinado. A pesar de todo, uno tendría que someterse a eso y no poner objeciones, si no fuera por la cuestión de si Barnabas es realmente un mensajero o no. Ante ti, por supuesto, no puede expresar la menor duda al respecto; hacerlo equivaldría a socavar su propia existencia y a cometer una grave ofensa contra las leyes a las que cree seguir debiéndose; y ni siquiera habla conmigo con libertad, tengo que
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