dos años, y si alguna vez llego a entrar en el Castillo no seré un desconocido allí. Claro que solo son criados en el pueblo; en el Castillo son completamente distintos y probablemente no me conocerían a mí ni a ningún otro con el que hayan tratado en el pueblo, eso es seguro, aunque hayan jurado cien veces en el establo que les encantaría volver a verme en el Castillo. Además, ya tengo experiencia de lo poco que valen todas esas promesas. Pero aun así, eso no es lo verdaderamente importante. No es solo a través de los criados mismos como tengo contacto con el Castillo, pues aparte de eso confío y espero que alguien allá arriba esté notando lo que hago —y la gestión del personal de sirvientes es en verdad una función oficial sumamente importante y laboriosa— y que al final quienquiera que se fije en mí llegue tal vez a formarse una opinión más favorable de mí que los demás, que reconozca que estoy luchando por mi familia y prosiguiendo los esfuerzos de padre, por muy pobremente que sea. Si lo viese de ese modo, tal vez me perdone también por aceptar dinero de los criados y emplearlo en favor de nuestra familia. Y he conseguido algo más todavía, que me temo que incluso tú me reprocharás. Aprendí mucho de los criados sobre las formas en que uno puede entrar al servicio del Castillo sin pasar por los difíciles trámites preliminares de un nombramiento oficial que a veces dura años; en ese caso, es verdad, uno no se convierte en un empleado oficial propiamente dicho, sino solo en uno particular y semioficial, no se tienen ni derechos ni deberes —y lo peor es no tener ningún deber—, pero una ventaja sí se tiene: que uno está en el lugar de los hechos, puede vigilar las oportunidades favorables y aprovecharlas; uno quizás no sea un empleado, pero por buena suerte puede caernos algún trabajo en las manos, tal vez no haya ningún empleado de verdad a mano, se hace un llamamiento, uno vuela a responder y se ha convertido en aquello mismo que no era un minuto antes, en un empleado.
Table of Contents
Los planes de Olga
279