Para su propia sorpresa, K. no tuvo gran dificultad para conseguir una entrevista con el Superintendente.
Trató de explicarse esto pensando en que, a juzgar por su experiencia hasta entonces, el trato oficial con las autoridades le había resultado siempre muy fácil.
Esto se debía por un lado a que, evidentemente, se había dado la orden de una vez por todas de tratar su caso con muestras externas de indulgencia y, por el otro, a la admirable autonomía del servicio, cuya eficacia singular se adivinaba precisamente allí donde no se manifestaba de forma visible.
Tan solo al pensar en esos hechos, K. corría a menudo el peligro de considerar esperanzadora su situación; sin embargo, tras esos arrebatos de fácil confianza, se apresuraba a decirse a sí mismo que residía precisamente ahí su peligro.
El trato directo con las autoridades no era entonces particularmente difícil, pues por muy bien organizadas que estuvieran, todo lo que hacían era custodiar los intereses lejanos e invisibles de amos lejanos e invisibles, mientras que K. luchaba por algo vitalmente cercano a él, por sí mismo, y además, al menos en el mismo comienzo, por iniciativa propia, pues era él quien atacaba; y además luchaba no sólo por sí mismo, sino evidentemente también por otros poderes que no conocía, pero en los cuales, sin infringir los reglamentos de las autoridades, le estaba permitido creer.
Pero ahora, por el hecho de haber satisfecho de inmediato y con creces sus deseos en todos los asuntos sin importancia —y hasta entonces solo