—¿No? —dijo Frieda—, ¿no te diste cuenta nunca de que sencillamente no había forma de echarlos de nuestra habitación en la Posada del Puente, de que vigilaban celosamente todos nuestros movimientos, de que uno de ellos terminó por ocupar mi lugar en aquel saco de paja, de que acaban de declarar en tu contra hace un minuto para echarte de aquí y arruinarte, y para quedarse a solas conmigo? ¿No te diste cuenta nunca de nada de eso?
K. contempló a Frieda sin responder. Sus acusaciones contra los ayudantes eran bastante ciertas, pero aun así podían interpretarse de un modo mucho más inocente, como simples consecuencias del carácter ridículamente infantil, irresponsable e indisciplinado de ambos. ¿Y no abogaba también en contra de su culpabilidad el hecho de que siempre hubieran hecho todo lo posible por ir a todas partes con K. y no quedarse con Frieda? K. insinuó esto a medias.
—Es su falsía —dijo Frieda—, ¿nunca la has visto? Bueno, ¿por qué los has ahuyentado, si no ha sido por esas razones?
Y se fue a la ventana, apartó un poco el estor, echó una ojeada hacia fuera y luego llamó a K. Los ayudantes seguían aferrados a la verja; por cansados que debieran estar ya, reunían fuerzas de vez en cuando y extendían los brazos con súplica hacia la escuela. Para no tener que sostenerse todo el tiempo, uno de ellos se había enganchado a la verja de atrás por las faldas de la chaqueta.
—¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos! —dijo Frieda.
—¿Preguntas por qué los ahuyenté? —dijo K.—. Tú fuiste la única causa de ello.
«¿Yo?», preguntó Frieda sin apartar los ojos de los ayudantes.
—El trato que les das a los asistentes, que es demasiado bondadoso —dijo K.—, la forma en que les perdonaste las faltas, les sonreíste y les