Con este eco del «Wer immer strebend sich bemüht, den dürfen wir erlösen» de Goethe (ciertamente un eco muy lejano, e irónicamente reducido al mínimo), debía terminar esta obra, a la que bien se puede llamar el Fausto de Franz Kafka.
Ciertamente, K. es un Fausto con atavíos deliberadamente modestos, incluso menesterosos, y con la modificación esencial de que no lo impulsa el anhelo de las metas últimas de la humanidad, sino la necesidad de los requisitos más primitivos de la vida, la necesidad de estar arraigado en un hogar y en una vocación, y de convertirse en miembro de una comunidad.
A primera vista, esta diferencia parece muy grande, pero se reduce considerablemente cuando se reconoce que para Kafka esos objetivos primitivos tienen un significado religioso y son simplemente la vida correcta, el camino correcto (Tao).
Cuando se publicó la novela de Kafka El proceso, omití deliberadamente añadir en mi nota final cualquier comentario sobre el contenido del libro; una interpretación o algo de esa naturaleza. Cuando más tarde, en las reseñas, leí las interpretaciones más burdas, como, por ejemplo, que en El proceso Kafka se dedicaba a fustigar los abusos de la justicia, lamenté mi discreción, pero sin duda me habría decepcionado aún más si hubiera ofrecido algún tipo de interpretación y, a pesar de ello, se hubieran mantenido las inevitables malas interpretaciones de los lectores descuidados o menos dotados. Esta vez el caso es distinto. El castillo no está, obviamente, tan cerca de su estado final como El proceso, aunque (al igual que en El proceso) está determinado internamente de principio a fin, a pesar de su falta de acabamiento externo, por el complejo de sentimientos que el autor estaba decidido a recorrer. Uno de los misterios y parte de la absoluta singularidad del arte de Kafka radica en que, para el lector elegido de esas grandes novelas inacabadas, la conclusión pierde importancia desde el momento en que las premisas principales se dan de manera más o