se agolpó alrededor de los dos hombres; a Seemann le costaba hablar y se limitaba a darle palmaditas a mi padre en el hombro, como si tratara de extraer a golpes de él las palabras que debía decir y no encontraba. Y no dejaba de reír, probablemente para animarse un poco a sí mismo y a todos los demás, pero como es incapaz de reír y nadie le había oído reír jamás, a nadie se le ocurrió que estuviera riendo de verdad. Pero el padre estaba demasiado cansado y desesperado después del día que había tenido como para ayudar a nadie, parecía incluso demasiado harto para comprender lo que estaba pasando. Todos estábamos también desesperados, pero al ser jóvenes no creíamos en la totalidad de nuestra ruina y seguíamos esperando que alguien de la larga procesión de visitantes llegara y pusiera fin a todo y volviera a hacer que las cosas giraran en sentido contrario. En nuestra necedad pensábamos que Seemann era ese mismo hombre. Estábamos con los nervios de punta esperando que su risa se detuviera y que la declaración decisiva brotara por fin. ¿De qué podía estar riéndose, sino de la estúpida injusticia de lo que nos había ocurrido? ¡Oh, capitán, capitán, dígales de una vez por todas!, pensamos, y nos apretamos contra él, pero eso solo hizo que se apartara de nosotros de la manera más extraña. Al fin, sin embargo, comenzó a hablar, respondiendo no a nuestros deseos secretos, sino a los gritos alentadores o airados de la multitud. Aun así, todavía abrigábamos esperanzas. Comenzó elogiando enormemente a nuestro padre. Lo llamó un ornamento de la brigada, un modelo inimitable para la posteridad, un miembro indispensable cuya destitución debía reducir a la brigada casi a la ruina. Todo eso habría estado muy bien de haberse detenido ahí. Pero continuó diciendo que, puesto que a pesar de todo la brigada había decidido, solo como una medida provisional por supuesto, pedir su dimisión, todos comprenderían la gravedad del motivo que obligaba a la brigada a hacerlo. Tal vez si el padre no se hubiera distinguido tanto en la celebración del día anterior no habría sido necesario llegar tan lejos, pero su misma superioridad había atraído la atención oficial sobre la brigada y la había puesto en un relieve tal que la inmaculada reputación de esta era
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El castigo de Amalia
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