K. se dirigió directamente a la puerta a través de la cual había observado a Klamm, y levantó el pestillo con cautela, pero la puerta estaba trancada; luego buscó palpando el lugar donde estaba la mirilla, pero la clavija al parecer encajaba tan bien que no pudo encontrar el sitio, así que encendió una cerilla.
Un grito lo sobresaltó. En el rincón entre la puerta y la caja, junto al fuego, una muchacha joven estaba acurrucada y lo miraba fijamente a la luz de la cerilla, con los ojos medio abiertos y adormilados. Era evidentemente la sucesora de Frieda.
Pronto se recompuso y encendió la luz eléctrica; su expresión era de enfado, luego reconoció a K.
—Ah, el Agrimensor —dijo sonriendo, le tendió la mano y se presentó—. Me llamo Pepi.
Era pequeña, de mejillas rojas, regordeta; su cabello rubio rojizo, abundante, estaba recogido en una trenza fuerte, aunque algunos mechones se escapaban y serizaban alrededor de sus sienes; llevaba un vestido de tela gris brillante, que caía en líneas rectas y no le sentaba en absoluto; por la parte inferior estaba ceñido por una cinta de seda infantilmente torpe, de la que colgaban borlas que impedían sus movimientos.
Preguntó por Frieda y si volvería pronto. Era una pregunta que rozaba la insolencia.
—En cuanto Frieda se fue —continuó diciendo al rato—, me llamaron aquí urgentemente porque de momento no encontraban a nadie adecuado; hasta ahora he sido camarera de pisos, pero esto no es un cambio a mejor. Hay mucho trabajo por la tarde y por la noche en este puesto, es muy cansado, no creo que pueda soportarlo. No me extraña que Frieda lo haya dejado.