—Juzgue usted mismo —dijo Olga—, le advierto que suena bastante sencillo, al principio a uno no le cabe en la cabeza por qué ha de tener alguna importancia. Hay un alto funcionario en el Castillo llamado Sortini. —Ya he oído hablar de él —dijo K.—; tuvo algo que ver con que me trajeran aquí. —No lo creo —dijo Olga—; Sortini casi nunca se deja ver en público. ¿No lo estará confundiendo con Sordini, que se escribe con d? —Tiene toda la razón —dijo K.—; fue Sordini. —Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más laboriosos, se le nombra a menudo; Sortini, en cambio, es muy retraído y bastante desconocido para la mayoría. Hace más de tres años que lo vi por primera y última vez. Fue el tres de julio en una celebración de los bomberos; el Castillo también había colaborado en ella y proporcionado una autobomba nueva. Sortini, de quien se suponía que intervenía de algún modo en la dirección de los asuntos de los bomberos, o tal vez solo sustituía a alguien —los funcionarios suelen esconderse así los unos detrás de los otros, por lo que es difícil averiguar de qué es responsable realmente cada funcionario—, Sortini participó en la ceremonia de entrega de la autobomba. Por supuesto, había mucha otra gente del Castillo, funcionarios y asistentes, y fiel a su carácter, Sortini se mantuvo muy en segundo plano. Es un caballero bajito, endeble, de aspecto reflexivo, y hubo un detalle de él que llamó la atención de todos los que llegaron a fijarse: la forma en que tenía surcada la frente; todas las arrugas —y tenía unas cuantas, a pesar de que sin duda no pasa de los cuarenta— se extendían en abanico por la frente, convergiendo hacia la raíz de la nariz; jamás he visto nada igual.
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El secreto de Amalia
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