muchacha —me refiero a muchas otras además de Frieda— que se entregó a un funcionario solo por amor. Lo amaba y se entregó a él, eso era todo; no hay nada digno de alabanza en ello. Pero usted objetará que Amalia no amaba a Sortini. Bueno, tal vez no lo amaba, pero al final tal vez sí lo amaba, ¿quién puede decidirlo? Ni siquiera ella misma. ¿Cómo puede figurarse que no lo amaba, cuando lo rechazó con tanta violencia, como jamás se ha rechazado a ningún funcionario? Bernabé dice que todavía hoy a veces le tiembla el cuerpo por el esfuerzo titánico que hizo al cerrar la ventana hace tres años. Eso es verdad, y por eso no se le puede preguntar nada; ha terminado con Sortini, y es lo único que sabe; si lo ama o no, no lo sabe. Pero nosotros sí sabemos que las mujeres no pueden evitar amar a los funcionarios en cuanto estos las animan un poco; sí, incluso los aman de antemano, por mucho que lo nieguen, y Sortini no solo animó a Amalia, sino que saltó por la lanza en cuanto la vio; aunque tenía las piernas agarrotadas de estar sentado en los escritorios, saltó por encima de la lanza. Pero dirá usted que Amalia es una excepción. Sí, eso es, lo ha demostrado al negarse a ir a ver a Sortini, eso ya es bastante excepción; pero si además no estuviera enamorada de Sortini, sería una excepción demasiado grande para la comprensión humana ordinaria. Aquella tarde, se lo concedo, estábamos obnubilados, pero el hecho de que, a pesar de nuestra confusión mental, creyéramos notar indicios de que Amalia estaba enamorada, demostraba al menos ciertos rescoldos de sensatez. Pero teniendo todo eso en cuenta, ¿qué diferencia queda entre Frieda y Amalia? Una sola: que Frieda hizo lo que Amalia se negó a hacer. —Puede ser —dijo K.—, pero para mí la diferencia principal es que yo estoy prometido con Frieda, y solo me interesa Amalia porque es hermana de Bernabé, el mensajero del Castillo, y porque su destino puede estar ligado a sus obligaciones. Si hubiera sufrido una injusticia tan clamorosa a manos de un funcionario como parecía desprenderse de su relato al principio, me habría tomado el asunto muy en serio, pero más por sentido del deber público que por simpatía personal hacia Amalia.
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El secreto de Amalia
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