salvarnos de tu antipatía, o, lo que es más importante, protegerte hasta donde alcancen nuestras fuerzas y nuestra experiencia, para que tu conexión con el Castillo —por la cual tal vez nosotros también podríamos recibir ayuda— no se pierda. Ahora bien, ¿cuál era la mejor manera de conseguirlo? Evitar que albergaras sospechas sobre nosotros al acercarnos a ti, ya que eres un extraño aquí y, por eso mismo, es seguro que estás lleno de sospechas, de sospechas justificadas. Y, además, todos nos desprecian y a ti debe de influenciarte la opinión general, en particular a través de tu prometida; así que, ¿cómo íbamos a adelantarnos sin ponernos, sin pretenderlo en absoluto, en contra de tu prometida, y ofenderte de ese modo? Y los recados, que yo había leído antes de que los recibieras —Barnabas no los leyó, como mensajero no podía permitirse hacer tal cosa—, parecían a primera vista obsoletos y de poca importancia, pero adquirían una trascendencia suma en la medida en que te remitían al Superintendente. Ahora bien, en estas circunstancias, ¿cómo debíamos comportarnos contigo? Si poníamos de relieve la importancia de las cartas, nos poníamos bajo sospecha al sobrevalorar algo que era obviamente carente de importancia, y al vanagloriarnos de ser el vehículo de estos mensajes se sospecharía que buscábamos nuestros propios fines y no los tuyos; es más, al hacer eso habríamos podido devaluar ante tus ojos el valor de la carta misma y decepcionarte así muy en contra de nuestra voluntad. Pero si no dábamos mucha importancia a las cartas, nos habríamos puesto igualmente bajo sospecha, porque ¿por qué nos habríamos tomado entonces la molestia de entregar una carta tan poco importante, por qué nuestras acciones y nuestras palabras entraban en tan clara contradicción, por qué habríamos decepcionado de este modo no solo a ti, el destinatario, sino también al remitente de la carta, que ciertamente no nos la había entregado para que se la restáramos importancia al destinatario con nuestras explicaciones? Y mantener el justo medio, sin exageraciones en ningún sentido, en otras palabras, calcular el valor exacto de esas cartas, es imposible; ellas mismas cambian de valor
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Los planes de Olga
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