—No puedo evitarlo —dijo la patrona dando un giro rápido con todo el cuerpo—. El Agrimensor me ha hecho una pregunta y debo responderle. No hay otra forma de hacerle comprender lo que para nosotros es evidente, que el señor Klamm nunca hablará con él; ¿que nunca hablará, he dicho?, que jamás podrá hablar con él. Escúcheme bien, señor. El señor Klamm es un caballero del Castillo, y eso por sí solo, sin tener en cuenta la posición de Klamm allí, significa que es de rango muy elevado. Pero ¿qué es usted, para cuyo matrimonio estamos aquí considerando humildemente los medios de obtener permiso? Usted no es del Castillo, no es del aldeano, no es nada. O más bien, por desgracia, es algo, un desconocido, un hombre que no es querido y estorba a todo el mundo, un hombre que siempre está causando problemas, un hombre que ocupa la habitación de las criada, un hombre cuyas intenciones son oscuras, un hombre que ha arruinado a nuestra querida pequeña Frieda y a quien por desgracia debemos aceptar como su marido. No le echo todo eso en cara. Usted es lo que es, y he visto lo bastante en mi vida como para afrontar los hechos. Pero piense ahora en lo que está pidiendo. Un hombre como Klamm va a hablar con usted. Me molestó oír que Frieda le dejó mirar por la mirilla, cuando hizo eso usted ya la había corrompido. Pero dígame, ¿cómo tuvo la desfachatez de mirar a Klamm? No hace falta que responda, sé que cree que estuvo a la altura de las circunstancias. Ni siquiera es capaz de ver a Klamm tal como es en realidad; eso no es meramente una exageración, pues yo misma tampoco soy capaz de hacerlo. Klamm va a hablar con usted, y sin embargo Klamm ni siquiera habla con la gente de la aldea, nunca ha dirigido una sola palabra a nadie de la
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IV. Los Asistentes
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