Bernabás. Si se entregaba a ellas —y no tenía otra opción—, entonces debía administrar todas sus fuerzas, no preocuparse por nada más, ni por la comida, ni por el alojamiento, ni por las autoridades de la aldea, no, ni siquiera por Frieda; y, en realidad, todo giraba únicamente en torno a Frieda, pues cualquier otra cosa solo le causaba inquietud con respecto a ella. Por esta razón debía intentar conservar este puesto que le otorgaba a Frieda cierto grado de seguridad, y no debía quejarse si, con este fin, se veía obligado a soportar por parte del maestro más de lo que habría tenido que soportar en el curso ordinario de las cosas. Ese tipo de cosas se podían tolerar, pertenecían a las continuas y mezquinas molestias de la vida ordinaria, no eran nada en comparación con aquello por lo que K. luchaba, y él no había venido aquí simplemente para llevar una vida honrada y desahogada.
Y así, como antes había estado dispuesto a correr a la posada, se mostró ahora dispuesto a obedecer la segunda orden, y primero arregló la habitación para que la maestra y sus niños pudieran volver a ella.
Pero tenía que hacerse con toda prisa, pues después K. tenía que ir por el almuerzo, y la maestra ya estaba famélica. K. le aseguró que todo se haría como él deseaba; durante un momento el maestro observó mientras K. se daba prisa, retiraba el costal de paja, volvía a colocar los aparatos gimnásticos en su sitio y barría la habitación mientras Frieda lavaba y fregaba el estrado.
Su diligencia pareció aplacar al maestro, quien solo les llamó la atención sobre el hecho de que había un montón de leña para el fuego afuera de la puerta —por supuesto, no le permitiría a K. más acceso al cobertizo— y luego regresó a su clase con la amenaza de que volvería pronto a inspeccionar.
Después de unos minutos de trabajo en silencio, Frieda le preguntó a K. por qué se sometía ahora con tanta humildad al maestro. La pregunta fue