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nydus/The CastlePublic
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II

Este hombre alto y abrochado hasta el cuello que estaba de pie con las piernas cruzadas, una mano apoyada contra la pared y la otra en la cadera, inclinándose un poco hacia K. y hablándole con confidencialidad, parecía no tener casi nada en común con el pueblo, aun cuando sus oscuras ropas parecían las de un campesino emilgado.

«Le creo absolutamente —dijo K.—, y no era mi intención menoscabar la norma, aunque me haya expresado mal. Solo hay algo que me gustaría señalar: tengo cierta influencia en el Castillo, y tendré todavía más, lo cual le pone a salvo de cualquier peligro derivado de mi estancia aquí durante la noche y es una garantía de que soy capaz de recompensar plenamente cualquier pequeño favor que me haga».

—Oh, ya lo sé —dijo el posadero, y repitió de nuevo—: Ya sé todo eso.

Era el momento de que K. expusiera sus deseos con mayor claridad, pero aquella respuesta del mesonero lo desconcertó, por lo que se limitó a preguntar: —¿Hay muchos caballeros del Castillo alojados en la posada esta noche?

—En ese sentido, esta noche es propicia —respondió el mesonero, como si quisiera animarle—, solo hay un caballero.

Aun así, K. se sintió incapaz de insistir en el asunto, pero al abrigar la esperanza de que ya podía darse por aceptado, se contentó con preguntar el nombre del caballero.

—Klamm —dijo el mesonero con naturalidad, mientras se volvía hacia su esposa, que se acercaba con paso ruidoso ataviada con un vestido sumamente ajado y anticuado, recargado de pliegues y volantes, pero de un elegante corte urbano. Había venido a llamar al mesonero porque el Jefe necesitaba algo.

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