más que nunca cuestión de honor. Y ahora que un mensajero había sido insultado, la brigada no podía evitarlo, y él, Seemann, se encontraba en la difícil postura de tener que transmitir su decisión. Esperaba que el padre no se lo hiciera más difícil. Seemann se alegró de habérselo sacado de encima. Estaba tan satisfecho consigo mismo que olvidó incluso su exagerado tacto, y señaló el diploma colgado en la pared e hizo una seña con el dedo. El padre asintió y fue a buscarlo, pero le temblaban tanto las manos que no pudo descolgarlo. Me subí a una silla y lo ayudé. A partir de ese momento estaba acabado, ni siquiera sacó el diploma del marco, sino que le entregó todo el conjunto a Seemann. Luego se sentó en un rincón y ni se movió ni le habló a nadie, y tuvimos que atender nosotros solos a las últimas personas que quedaban lo mejor que pudimos”. —¿Y dónde ves en todo esto la influencia del Castillo? —preguntó K—. Hasta ahora parece no haberse manifestado. Lo que me has contado es simplemente el miedo sordo y común de la gente, el placer malicioso de herir al prójimo, la falsa amistad, cosas que se pueden encontrar en cualquier parte, y, debo decir, por parte de tu padre—al menos eso me parece—, cierta mezquindad, pues ¿qué era el diploma? Sencillamente un testimonio de sus aptitudes, estas no se las quitaron, si lo hacían indispensable tanto mejor, y la única forma en que podría haberle dificultado las cosas al capitán habría sido arrojándole el diploma a los pies antes de que este dijera dos palabras. Pero lo significativo para mí es que no hayas mencionado a Amalia en absoluto; Amalia, la culpable de todo, al parecer se quedó tranquilamente en un segundo plano y vio cómo se derrumbaba toda la casa. —No —dijo Olga—, nadie debe ser culpado, nadie habría podido hacer otra cosa, todo eso obedecía ya a la influencia del Castillo. —Influencia del Castillo —repitió Amalia, que se había colado sin ser vista desde el patio; los viejos llevaban ya mucho tiempo en la cama—. ¿Están con los chismes del Castillo? ¿Todavía sentidos cabeza con cabeza? Y eso que querías marcharte en cuanto llegaras, K., y ya son casi las diez. ¿De verdad te interesa esa clase de habladurías? Hay gente en el pueblo que vive de eso, juntan las cabezas
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El castigo de Amalia
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