inmediatamente después de enviar al mensajero —cosa muy probable, pues los caprichos de los señores son efímeros—. Pero Amalia no hizo ni eso ni nada parecido; estaba demasiado insultada y contestó sin reservas. Si tan solo hubiera fingido un poco de docilidad, si hubiera cruzado el umbral del Herrenhof en el momento oportuno, se habría podido disipar nuestro castigo; tenemos aquí abogados muy listos capaces de sacar mucho provecho de la pura nadería, pero en este caso ni siquiera contaban con la nadería de base; al contrario, estaba el menosprecio a la carta de Sortini y el insulto a su mensajero. —Pero, ¿a qué viene todo esto de castigos y abogados? —dijo K.—. ¿Acaso se podía acusar o castigar a Amalia por los tejemanejes criminales de Sortini? —Sí —dijo Olga—, se podía, no en un pleito regular, por supuesto; y no se la castigó de forma directa, pero sí se la castigó de otras maneras, a ella y a toda nuestra familia, y lo duro que ha sido el castigo seguro que empieza a comprenderlo. En su opinión es injusto y monstruoso, pero es el único en el pueblo que opina así; es una opinión favorable a nosotros, y debería consolarnos, y lo haría si no se basara tan claramente en un error. Puedo demostrarlo fácilmente, y debe disculparme si menciono a Frieda de paso; pero entre Frieda y Klamm, dejando a un lado el desenlace final de ambos asuntos, los primeros preliminares fueron muy parecidos a los de Amalia y Sortini, y sin embargo, aunque al principio eso le haya podido chocar, ahora lo acepta como algo de lo más natural. Y no solo porque esté acostumbrado; la costumbre por sí sola no podría embotar el juicio claro de uno; simplemente se ha liberado usted de los prejuicios. —No, Olga —dijo K.—, no veo por qué saca a relucir a Frieda; lo suyo no era el mismo caso, no confunda cosas tan distintas, y ahora siga con su historia.
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El secreto de Amalia
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