sabría diseñar los bancales de hortalizas maravillosamente. Bueno, contra una broma no hay argumentos, y así fue
“Te has tomado la molestia en vano, maestro —dijo K.—. No tengo ninguna intención de aceptar el puesto”.
—¡Magnífico! —dijo el profesor—. ¡Magnífico! Declinas sin ninguna reserva —y tomó su sombrero, hizo una reverencia y se fue.
Inmediatamente después, Frieda subió corriendo las escaleras con el rostro alterado y la camisa todavía sin planchar en la mano; no respondió a las preguntas de K.
Para distraerla, le habló del maestro y de la oferta; apenas la oyó, ella arrojó la camisa sobre la cama y volvió a salir escopetada. No tardó en regresar, pero acompañada del maestro, quien con gesto contrariado entró sin saludar.
Frieda le suplicó que tuviera un poco de paciencia —evidentemente ya se lo había pedido varias veces por el camino—, y luego arrastró a K. a través de una puerta lateral cuya existencia él ni sospechaba, hacia el desván contiguo, y por fin, sin aliento por la emoción, le contó lo que le había sucedido.
Enfurecida de que Frieda se hubiera humillado haciéndole una confesión a K. y —lo que aún era peor— se hubiera entregado a él meramente para conseguirle una entrevista con Klamm, y después de todo no hubiera obtenido nada salvo, según afirmaba, promesas frías y además insinceras, la dueña de la posada estaba decidida a no albergar más a K. en su casa; si tenía conexiones con el Castillo, entonces debía aprovecharlas de inmediato, pues tenía que abandonar la casa ese mismo día, en ese mismo minuto, y solo lo volvería a recibir por orden y mandato expreso de las autoridades; pero esperaba que no se llegara a tanto, pues ella también tenía conexiones con el Castillo y sabría cómo hacer uso de ellas.