K. le explicó a Hans que una ayuda de ese tipo no era necesaria, los regaños eran parte de la naturaleza del maestro y apenas cabía la esperanza de evitarlos ni con la mayor diligencia, el trabajo en sí no era difícil, y solo debido a circunstancias especiales se había retrasado tanto esa mañana, además, a K. los regaños no le afectaban del mismo modo que a un alumno, se los sacudía de encima, le eran casi indiferentes, y además esperaba librarse del maestro muy pronto.
Aunque Hans solo había querido ayudarle con el maestro, sin embargo, le dio las gracias sinceramente, pero ahora era mejor que Hans volviera a su clase; con suerte no sería castigado si regresaba de inmediato.
Aunque K. no recalcó, sino que sugirió de manera involuntaria que se trataba simplemente de una ayuda con el maestro que él no necesitaba, dejando abierta la cuestión de otros tipos de ayuda, Hans captó la sugerencia con claridad y preguntó si acaso K. necesitaba alguna otra asistencia; le encantaría ayudarle, y si no se encontraba en disposición de ayudarle él mismo, le pediría a su madre que lo hiciera, y entonces seguro que todo saldría bien.
Cuando su padre tenía dificultades, él también le pedía ayuda a la madre de Hans. Y su madre ya había preguntado una vez por K.; ella casi nunca salía de casa, y había sido una gran excepción que estuviera en lo de Lasemann ese día. Pero él, Hans, iba a menudo allí a jugar con los hijos de Lasemann, y su madre le había preguntado una vez si por casualidad el Agrimensor había vuelto a estar por allí.
Solo que se supone que su madre no debía hablar demasiado, dado lo débil y cansada que estaba, y por eso él simplemente le había respondido que no había visto al Agrimensor allí, y no se había hablado más del tema; pero cuando había encontrado a K. aquí en la escuela, había tenido que hablarle para poder llevarle la noticia a su madre. Pues eso era lo que más complacía a su madre, cuando uno hacía lo que ella quería sin su orden expresa.