tendrías ninguna perspectiva de nuestra situación, y lo que más me molestaría de todo, seguirías siendo injusto con Barnabas. Faltaría una plena concordia entre nosotros, y no podrías ni ayudarnos, ni aceptar nuestra ayuda mutua. Pero todavía queda una pregunta más: ¿De verdad quieres que te lo cuente? —¿Por qué preguntas? —dijo K.—, si es necesario, prefiero que me lo cuentes, pero ¿por qué me lo preguntas con tanto ahínco? —Superstición —dijo Olga—. Te vas a ver enredado en nuestros asuntos, por muy inocente que seas, casi tan inocente como Barnabas. —Cuéntamelo pronto —dijo K.—, no tengo miedo. Con tanto aspaviento de mujer estás haciendo que parezca mucho peor de lo que es.
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