formulada con un tono comprensivo y angustiado, pero K., que estaba pensando en lo poco que Frieda había logrado cumplir su promesa original de protegerlo de las órdenes e insultos del maestro, se limitó a responderle secamente que, puesto que él era el bedel, tenía que cumplir con las obligaciones de bedel. Después volvió a reinar el silencio hasta que K., a quien este breve intercambio de palabras le recordó vívidamente que Frieda llevaba mucho tiempo perdida en pensamientos angustiosos —y en particular durante casi toda la conversación con Hans—, le preguntó sin rodeos, mientras acarreaba la leña, qué era lo que la andaba preocupando. Volviendo lentamente los ojos hacia él, ella le respondió que no era nada concreto, que solo había estado pensando en la dueña de la pensión y en la verdad que encerraban muchas de las cosas que decía. Solo cuando K. insistió le respondió con más coherencia, tras dudar varias veces, pero sin levantar la vista de su labor —no porque estuviera concentrada en ella, pues no avanzaba nada, sino simplemente para no verse obligada a mirar a K.—. Y entonces le contó que, durante su charla con Hans, al principio había escuchado en silencio, que luego se había sentido sobresaltada por ciertas palabras de él, que después había empezado a captar el significado de estas con mayor claridad y que desde entonces no había podido dejar de ver en sus palabras la confirmación de una advertencia que la dueña de la pensión le había hecho una vez y que ella siempre se había negado a creer. Exasperado por tantos rodeos, y más irritado que conmovido por la voz quejumbrosa y llorosa de Frieda —pero molesto sobre todo porque la dueña de la pensión volvía a meterse en sus asuntos, aunque solo fuera como un recuerdo, pues en persona poco éxito había tenido hasta entonces—, K. arrojó al suelo la madera que llevaba en los brazos, se sentó sobre ella y, en un tono que ahora sí era serio, le exigió toda la verdad. —Más de una vez —comenzó Frieda—, sí, desde el principio, la dueña de la pensión ha intentado hacerme dudar de ti; no sostenía que estuvieras mintiendo, al contrario, decía que eras abierto como un niño, pero tu carácter era tan distinto al nuestro, decía, que, incluso cuando hablabas con franqueza, nos costaría creerte; y que si
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