“Ahora volvía a ser necesario encontrar alguna ocupación para padre que estuviera a su altura, algo que al menos le hiciera creer que estaba ayudando a quitarle el peso de la culpa a nuestra familia. Algo así no era difícil de hallar; de hecho, cualquier cosa habría servido para tal propósito tanto como estar sentado en el jardín de Bertuch, pero encontré algo que de verdad me daba un poco de esperanza. Siempre que se había hablado de nuestra culpa entre funcionarios, oficinistas o cualquier otra persona, lo único que se sacaba a relucir era la ofensa al mensajero de Sortini; nadie se atrevía a ir más allá. Ahora bien, me dije, ya que la opinión pública, aunque solo fuera en apariencia, no reconocía otra cosa que la ofensa al mensajero, entonces, aun cuando fuera también solo en apariencia, todo podría arreglarse si uno lograba aplacar al mensajero. De hecho, no se había presentado ningún cargo, según nos dijeron, ningún departamento había tomado cartas en el asunto todavía, y por lo tanto el mensajero tenía la libertad —por su parte, y no se trataba de nada más— de perdonar la ofensa. Todo eso, por supuesto, no podía tener una importancia decisiva, era pura apariencia y a su vez no podía producir más que apariencia, pero aun así le animaría el ánimo a padre y podría ayudar a hostigar a la caterva de oficinistas que le habían estado atormentando, y eso sería una satisfacción. Primero, claro, había que encontrar al mensajero. Cuando le conté mi plan a padre, al principio se molestó mucho, porque, a decir verdad, se había vuelto terco como una mula; por un lado estaba convencido —esto sucedió durante su enfermedad— de que siempre le habíamos impedido alcanzar el éxito definitivo, primero cortándole la asignación y luego manteniéndole en la cama; y por el otro ya no era capaz de comprender por completo ninguna idea nueva.
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Los planes de Olga
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