demasiado calor —y se abrazaron mutuamente; el cuerpecito de ella ardía en las manos de K., y en un estado de inconsciencia que K. intentó dominar una y otra vez pero en vano, rodaron un poco y fueron a parar con un golpe seco contra la puerta de Klamm, donde quedaron tendidos entre los pequeños charcos de cerveza y otros desperdicios acumulados en el suelo.
Pasaron tres horas, horas en las que respiraban al unísono, en las que sus corazones latían como uno solo, horas en las que a K. le perseguía la sensación de que se estaba perdiendo o de que vagaba por un país extraño, más lejos de lo que jamás había vagado hombre alguno, un país tan extraño que ni siquiera el aire tenía nada en común con su aire natal, donde uno podía morir de extrañeza, y cuyo encanto era, sin embargo, tal que uno solo podía seguir adelante y perderse aún más.
Así que no le llegó como una sorpresa, sino como un débil destello de consuelo, cuando desde la habitación de Klamm una voz profunda, autoritaria e impersonal llamó a Frieda.
“Frieda”, le susurró K. al oído a Frieda, transmitiéndole el llamado.
Con un instinto mecánico de obediencia, Frieda hizo ademán de levantarse de un salto, luego recordó dónde estaba, se estiró, riendo en voz baja, y dijo: “No voy a ir, no volveré jamás con él”.
K. quiso objetar, instarla a que fuera con Klamm, y comenzó a abrocharle la blusa desordenada, pero no pudo obligarse a hablar, estaba demasiado feliz de tener a Frieda en sus brazos, y a la vez demasiado atribulado en su felicidad, pues le parecía que al dejar ir a Frieda perdería todo lo que tenía.
Y como si su apoyo la hubiera fortalecido, Frieda apretó el puño y golpeó la puerta, gritando: “¡Estoy con el Agrimensor!”.