de listones. En ella solo había espacio para una enorme cama familiar y una cómoda. La cama estaba colocada de tal manera que desde ella se podía dominar toda la cocina y supervisar el trabajo. Desde la cocina, en cambio, apenas se veía nada en el cuartucho. Allí estaba bastante oscuro, solo se distinguía el débil brillo de la colcha de color púrpura. No era hasta que uno entraba y los ojos se acostumbraban a la oscuridad cuando se podían distinguir los objetos particulares.
—Por fin has venido —dijo la patrona débilmente. Estaba tendida boca arriba, respiraba con visible dificultad, se había echado atrás el edredón de plumas. En la cama parecía mucho más joven que con la ropa puesta, pero una cofia de delicado encaje que llevaba, aunque era demasiado pequeña y se bamboleaba en su cabeza, hacía que su rostro hundido pareciera lastimoso. —¿Por qué habría de haber venido? —preguntó K. con suavidad—. Usted no me mandó a buscar. —No debiste hacerme esperar tanto —dijo la patrona con la caprichosidad de una enferma—. Siéntate —continuó señalando la cama—, y ustedes váyanse. Mientras tanto, tanto las criadas como los ayudantes se habían agolpado en el lugar. —Yo también me iré, Gardana —dijo el casero. Era la primera vez que K. oía su nombre. —Por supuesto —respondió ella lentamente, y como si estuviera ocupada en otros pensamientos, añadió distraída—: ¿Por qué habrías de quedarte tú más que los demás? Pero cuando todos se hubieron retirado a la cocina —esta vez hasta los ayudantes se fueron de inmediato, además de una criada que iba detrás de ellos—, Gardana estuvo lo suficientemente alerta como para comprender