—Por favor, no se ofenda —dijo Olga— si insisto en la comparación; es un rastro persistente de prejuicios por su parte, incluso respecto a Frieda, lo que hace que sienta la necesidad de defenderla de una comparación. No hay que defenderla, sino solo elogiarla. Al comparar ambos casos no digo que sean exactamente iguales; guardan la misma relación que el blanco y el negro, y la blanca es Frieda. Lo peor que se puede hacer con Frieda es reírse de ella, como hice yo en la taberna con mucha grosería —y me arrepentí más tarde—; pero incluso si uno se ríe es por envidia o malicia, al menos cabe la risa. En cambio, a menos que uno sea pariente de sangre suyo, solo se puede despreciar a Amalia. Por tanto, los dos casos son bien distintos, como usted dice, pero aun así son iguales. —No se parecen en nada —dijo K. sacudiendo la cabeza con testarudez—; deje a Frieda en paz; a Frieda no le llegó una carta tan fina como la de Sortini, y Frieda estaba verdaderamente enamorada de Klamm, y si lo duda, no tiene más que preguntárselo, lo sigue amando. —Pero, ¿es eso realmente una diferencia? —preguntó Olga—. ¿Se imagina que Klamm no le habría podido escribir a Frieda en el mismo tono? Así son los señores cuando se levantan de sus escritorios; se sienten fuera de lugar en el mundo ordinario y, en su distracción, dicen las cosas más bestias, no todos, pero sí muchos de ellos. La carta a Amalia pudo ser ocurrencia de un momento, plasmada en el papel sin el menor miramiento hacia la interpretación que se le pudiera dar. ¿Qué sabemos de los pensamientos de estos señores? ¿No ha oído hablar, o lo ha oído usted mismo, del tono en que Klamm le hablaba a Frieda? Klamm es notorio por su grosería; al parecer puede pasarse horas mudo y de repente soltar algo tan brutal que a uno le dan escalofríos. No se sabe nada semejante de Sortini, pero claro, se sabe muy poco de él. Lo único que se sabe de verdad es que su apellido se parece al de Sordini. Si no fuera por ese parecido entre ambos nombres, probablemente ni se le conocería. Incluso como autoridad de los bomberos se le confunde al parecer con Sordini, que es la verdadera autoridad y que saca partido del parecido de
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El secreto de Amalia
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