condiciones de vida perjudiciales para el desarrollo corporal, dan lugar a las afecciones más diversas de los órganos digestivos, dejando en ellos huellas imborrables. Casi todos los trabajadores tienen estómagos más o menos débiles y, sin embargo, se ven obligados a atenerse a la dieta que constituye la raíz del mal. ¿Cómo van a saber qué es lo que tiene la culpa de ello? Y si lo supieran, ¿cómo podrían procurarse un régimen más adecuado mientras no puedan adoptar un modo de vida diferente y no estén mejor educados? Pero durante la infancia surgen nuevas enfermedades a partir de una digestión defectuosa. La escrófula es casi universal entre la clase trabajadora, y los padres escrofulosos tienen hijos escrofulosos, especialmente cuando las influencias originales continúan actuando con toda su fuerza sobre la tendencia hereditaria de los niños. Una segunda consecuencia de esta insuficiente nutrición corporal, durante los años de crecimiento y desarrollo, es el raquiticismo, que es extremadamente común entre los hijos de la clase trabajadora. El endurecimiento de los huesos se retrasa, el desarrollo del esqueleto en general se ve limitado y las deformidades de las piernas y de la columna vertebral son frecuentes, además de las habituales afecciones raquíticas. No es necesario explayarse sobre cómo se ven incrementados todos estos males por los cambios a los que están expuestos los trabajadores como consecuencia de las fluctuaciones del comercio, la falta de trabajo y los escasos salarios en tiempos de crisis. La escasez temporal de alimentos suficientes, a la que casi todo trabajador se ve expuesto al menos una vez en el transcurso de su vida, no hace sino contribuir a intensificar los efectos de su habitual dieta deficiente aunque suficiente. Los niños medio hambrientos, justo cuando más necesitan una alimentación abundante y nutritiva —y ¡cuántos hay así durante cada crisis e incluso cuando el comercio se halla en su mejor momento!—, han
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