Incluso la relación entre él y su esposa es, en noventa y nueve de cada cien casos, mero «pago al contado». El dinero determina el valor del hombre; «vale diez mil libras». El que tiene dinero pertenece a «la mejor clase de gente», es «influyente», y lo que hace cuenta para algo en su círculo social. El espíritu mercantil penetra en todo el lenguaje; todas las relaciones se expresan en términos comerciales, en categorías económicas. La oferta y la demanda son las fórmulas según las cuales la lógica del burgués inglés juzga toda la vida humana. De ahí la libre competencia en todos los aspectos, de ahí el régimen de laissez-faire, laissez-aller en el gobierno, en la medicina, en la educación, y pronto también en la religión, a medida que la Iglesia del Estado se desploma cada vez más. La libre competencia no tolera ninguna limitación, ninguna supervisión estatal; todo el Estado no es para ella más que una carga. Alcanzaría su máxima perfección en una sociedad totalmente anárquica y sin gobierno, donde cada cual pudiera explotar al prójimo a sus anchas. Sin embargo, dado que la burguesía no puede prescindir del gobierno, sino que debe tenerlo para mantener a raya al proletariado, igualmente indispensable, vuelve el poder del gobierno contra el proletariado y se quita de en medio tanto como le es posible.
Que nadie crea, sin embargo, que el inglés «culto» presume abiertamente de su egoísmo. Por el contrario, lo oculta bajo la más vil hipocresía. ¿Cómo? ¿Que los ricos ingleses se olvidan de los pobres? ¡Ellos, que han fundado instituciones filantrópicas como ningún otro país puede blasonar de tener! ¡Instituciones filantrópicas, ¡válgame Dios! ¡Como si le hicieran un favor al proletariado al chuparles primero hasta la última gota de sangre y prodigarles luego su filantropía farisea y autosatisfecha, presentándose