humedad están siempre en su hogar con él, y solo lo abandonan con buen tiempo. Está casado, pero no sabe nada de las alegrías del esposo y del padre. Su mujer y sus hijos, hambrientos, rara vez abrigados, a menudo enfermos e indefensos, siempre consumidos por las preocupaciones y sin esperanza como él, son por naturaleza ávidos, egoístas y molestos, y así, para usar su propia expresión, detesta verlos, y entra en su choza solo porque esta le ofrece un poco más de refugio contra la lluvia y el viento que un seto. Debe mantener a su familia, aunque no puede hacerlo, de donde provienen la mendicidad, el engaño de todo tipo, que termina en una astucia plenamente desarrollada. Si estuviera inclinado a ello, aún no tiene el valor que hace de los más enérgicos de su clase furtivos a gran escala y contrabandistas. Pero hurta cuando se presenta la ocasión y enseña a sus hijos a mentir y robar. Su comportamiento abyecto y sumiso hacia sus vecinos ricos demuestra que estos lo tratan con rudeza y sospecha; de ahí que los tema y los odie, pero nunca los dañará por la fuerza. Está depravado de pe a pa, demasiado perdido como para poseer siquiera la fuerza de la desesperación. Su desgraciada existencia es breve, el reumatismo y el asma lo llevan al asilo de pobres, donde dará su último suspiro sin un solo recuerdo agradable, y dejará espacio para que otro desdichado viva y muera como él lo ha hecho”.
Nuestro autor añade que, además de esta clase de jornaleros agrícolas, hay otra aún, algo más enérgica y mejor dotada física, mental y moralmente; a saber, aquellos que viven tan miserablemente, pero que