¡Ahí lo tenéis! La burguesía inglesa es benéfica por propio interés; no da nada a cambio de nada, sino que considera sus donativos como un asunto de negocios, hace un trato con los pobres y les dice:
«Si gasto esta cantidad en instituciones benéficas, compro con ello el derecho a no ser molestado nunca más, y vosotros estáis obligados a cambio a permanecer en vuestros oscuros rincones y a no irritar mis delicados nervios exponiendo vuestra miseria. Seguiréis desesperados como antes, pero vuestra desesperación será invisible; esto es lo que exijo, ¡esto es lo que compro con mi suscripción de veinte libras para el hospital!».
¡Es infame, esta caridad de un burgués cristiano! Y así escribe «Una Dama»; ¡hace bien en firmar de ese modo, hace bien en haber perdido el valor de llamarse mujer! Pero si las «damas» son así, ¿cómo serán los «caballeros»? Se dirá que este es un caso aislado; mas no, la carta anterior expresa el talante de la gran mayoría de la burguesía inglesa, de lo contrario el editor no la habría publicado, y se le habría dado alguna respuesta, cosa que esperé en vano en los números siguientes.
Y en cuanto a la eficacia de esta filantropía, el propio canónigo Parkinson afirma que los pobres se auxilian mucho más entre ellos que por parte de la burguesía; y esa ayuda brindada por un honrado proletario que sabe por experiencia propia lo que es pasar hambre, para quien compartir su escasa comida es realmente un sacrificio, pero un sacrificio llevado con alegría, semejante ayuda tiene un tono completamente distinto al de las limosnas arrojadas con desdén por el burgués ostentoso.
En otros aspectos también, la burguesía asume una filantropía hipócrita y sin límites, pero solo cuando sus propios intereses lo requieren; como