Jack dijo de nuevo: «Aquí hay trabajo de sobra para las mujeres y los críos, pero ninguno para los hombres; antes encontrarías cien libras en la mitad del camino que trabajo para hombres; pero nunca habría creído que ni tú ni nadie me vería remendando las medias de mi mujer, porque es una labor penosa. Pero ella casi no se tiene en pie; me temo que va a enfermar, y entonces no sé qué va a ser de nosotros, porque ya hace bastante que ella hace de hombre en la casa y yo de mujer; es una situación penosa, Joe»; y lloró amargamente, y dijo: «No siempre ha sido así». «No —dijo Joe—, pero cuando no tenías trabajo, ¿cómo te las has apañado?». «Te lo diré, Joe, lo mejor que pueda, pero ha sido bastante malo; ya sabes que cuando me casé tenía trabajo de sobra, y sabes que no era un vago». «No, eso no lo eras». «Y teníamos una casa bien amueblada, y Mary no necesitaba ir a trabajar. Yo podía trabajar por los dos; pero ahora el mundo está al revés. Mary tiene que trabajar y yo tengo que quedarme en casa, cuidar a los críos, barrer y lavar, hornear y remendar; y, cuando la pobre mujer llega a casa por la noche, está destrozada. Ya sabes, Joe, que es duro para alguien que estaba acostumbrado a otra cosa». «Sí, muchacho, es duro». Y entonces Jack empezó a llorar de nuevo, y deseó no haberse casado nunca, y no haber nacido jamás; pero nunca había pensado, cuando se casó con Mary, que se llegaría a esto. «A menudo he llorado por esto», dijo Jack. Ahora bien, cuando Joe oyó esto, me contó que había maldicho y renegado de las fábricas, de los amos y del Gobierno, con todas las
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Ramas Industriales Individuales
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